Un pequeño problema de salud de mi hija me hace estar aqui sentado, en un tortuoso sofá, sufriendo en silencio por mi pequeña Lidia; hoy he sufrido de verdad, he visto por primera vez el dolor reflejado en los ojos de mi niña, es duro y no se lo deseo a nadie.
Es en estos momentos jodidos en los que uno se da cuenta de lo afortunado que es por tener a una mujer maravillosa y a la hija más bonita del mundo.
Son mis chicas, adorables, tiernas, cariñosas y siempre dispuestas a darme una sonrisa a cambio de nada; las quiero con locura. Son ellas las que se merecen todo mi tiempo y toda mi energía para día a día seguir adelante en este mundo lleno de adversidades.
Y en este punto tengo grandes maestros: mis padres.
Mi padres me han enseñado a darlo todo, absolutamente todo por la familia, mis padres son el mejor espejo en el que me puedo fijar. Gracias Papá. Gracias Mamá.
Termino porque ya no teclean mis dedos, lo hacen las lágrimas que me caen y golpean el teclado ordenadamente, lágrimas de emoción, de sufrimiento, de felicidad, una mezcla de lágrimas difícil de explicar.